lunes, 9 de noviembre de 2015

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Aunque aún no hemos ingresado a la asignatura de teoría económica neoclásica designada en el plan de estudios para nuestra formación en la corriente predominante de la teoría económica actual, hemos tenido ya la oportunidad de conocer muchos de los aspectos que la definen y caracterizan. Dada la considerabilísima importancia del concepto de utilidad para la ortodoxia económica y los primeros visos que hemos distinguido al estudiar las teorías clásicas de Smith, Ricardo y Malthus, me ha parecido conveniente aprovechar la oportunidad que representa el presente texto paralelo para hablar –aunque sea de manera sucinta– sobre algunos asuntos relacionados con el utilitarismo, la visión filosófica que sitúa en la utilidad la base de la moral dando lugar a una concepción de la moral según la cual lo bueno no es sino estrictamente lo útil, convirtiendo así el principio de utilidad en el principio fundamental, según el cual juzgar la moralidad de los actos.

La importancia, pues, del utilitarismo deriva del acento que puso en el concepto de utilidad para explicar el comportamiento humano. Esa forma de entender el accionar humano puede interpretarse como una de las primeras manifestaciones del positivismo en Inglaterra que llevada a extremo en el posterior análisis microeconómico llegaría a cristalizar en la –tan consentida por los neoclásicos– concepción del famoso homo economicus propuesto por John Stuart Mill. Sin embargo, desde la época clásica el utilitarismo halló, junto a Mill y J. Bentham, sus máximos representantes en nada menos que dos grandes figuras de la economía política de la época: David Ricardo y Thomas R. Malthus. Para estos autores, de lo que se trataba era de convertir la moral en ciencia positiva, capaz de permitir la transformación social hacia la felicidad colectiva. Dicha tendencia se estima producto del contexto histórico pautado por el acaecimiento de la Revolución Industrial pues las tesis utilitaristas pretendían ser, antes que un sistema teórico, un instrumento de reforma social y política en una realidad caracterizada por la explotación, la miseria de las clases obreras y el problema del crecimiento indiscriminado de la población en un medio adverso. Una realidad que luchaba contra los residuos del feudalismo. En esta vía, empezó a creerse que, con la concepción utilitaria, una buena vía era trasladar la política a los serenos e impersonales dominios de las matemáticas. Se tenía que liberar al hombre de toda ideología o religión para conducirlo a la doble identidad y repulsión de bien-placer y mal-dolor. Así, a merced del trabajo de estos pensadores, la economía política salió de la fase de una justificación del orden social existente para entrar en una fase de crítica de este orden y de un aporte significativo de los medios aptos para transformarlo.

Desde el ámbito económico la repercusión inmediata en la política fue a través del liberalismo desmedido sobre el cual ya hemos departido bastante durante el semestre. El utilitarismo, con Smith y Ricardo, se concretó en el librecambismo, en la libertad de comercio, en la competencia universal, en gobiernos activos y frugales
sin las trabas características de los siglos previos. Se pensaba que mediante el libre comercio se lograría la prosperidad general de los individuos y de las naciones. El liberalismo percibía a la sociedad como un conjunto de individuos aislados, independientes unos de otros, en el que cada uno era responsable de su propia suerte, y donde todos, si se lo proponían, podían triunfar. Por lo tanto, se consideraba legítima la búsqueda exclusiva de los fines individuales, y se veía el enriquecimiento personal como una señal de los méritos de cada uno. Esta visión tan marcadamente atomística no tuvo en cuenta las relaciones existentes entre las personas ni las interacciones e influencias -culturales, económicas, psicológicas- que se producen entre las mismas. Este atomismo sería ulteriormente incorporado con más fuerza a la visión del que se llamaría "pensamiento neoclásico" y tal vez fue ahí cuando se perdió un poco demasiado la esencia original del utilitarismo porque ya el bienestar colectivo no parece ser hoy en día un objetivo en la dinámica de interacciones como sí lo era hace unos cuantos siglos cuando surgió como una sensibilización filosófica a los problemas del siglo XIX. Es decir, la tesis utilitarista no es que sea reprobable en su totalidad, más bien es que el giro que tomó al interior de la teoría económica no ha sido el más consecuente con las causas de bienestar colectivo. Sin embargo, la esperanza está puesta en las nuevas apuestas que incorporan las premisas utilitaristas a teorías tan encomiables y prometedoras como la teoría de juegos.


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