lunes, 22 de agosto de 2016

Sobre el falsacionismo de Karl Popper


Por: Jorge Luis Rivadeneira Daza
Humans are haunted by the vastness of eternity, and so we ask ourselves: will our actions echo across the centuries, will strangers hear our names long after we are gone, and wonder who we were, how bravely we fought, how fiercely we loved.
Extracto del dialogo de la película ‘Troya’. David Benioff, Wolfgang Petersen. 
Karl Popper propuso un método de refutación con respecto a la ciencia y sus postulados, dijo que cualquier hipótesis debe ser puesta a prueba, en busca de que la misma sea falsada. No obstante, que un postulado no pueda ser refutado mediante un número n de pruebas empíricas, no quiere decir que dicho postulado contenga la verdad, tan sólo significa que aún no ha sido falsado. Veamos.
Imagine lo siguiente: Usted es un(a) científico(a) mundialmente reconocido(a), una tarde, al regresar a su casa, se sienta con una taza de café entre las manos, abre una copia de ‘El viejo y el mar’, y, al no tener nada mejor para hacer en el instante inmediato, usted decide comenzar a contar el número de veces que la palabra ‘pez’ aparece a  través del libro. Ya entrada la noche, usted deja el ejemplar a un lado, bosteza, al tiempo que su mano izquierda garabatea en un trozo de papel el número ‘264’. Acto seguido, camina hasta su habitación, se recuesta contra el blando colchón de su cama, y en los últimos instantes de vigilia formula una nueva hipótesis sobre los textos, ‘todos los libros tienen la palabra ‘pez264 veces a lo largo de sus páginas’. El sueño lo vence, pero antes de sumirse en la inconciencia, alcanza a susurrar:
-Gracias Hemingway.
A la mañana siguiente, usted, con ánimo restaurado, se dispone a poner a prueba su nueva teoría, va hasta su biblioteca y toma en mano el ejemplar más próximo, ejemplar que ha resultado ser ‘Veinte mil leguas de viaje submarino’. Una vez arrellanado, y con el consabido vaso de café, se dispone a buscar y contabilizar la palabra ‘pez’ a lo largo del libro.
Dos y treinta de la tarde. ¡Victoria!, la palabra ‘pez’ efectivamente ha aparecido 264 veces en el libro (1).
Y así, usted, gran erudito(a), se apresura a compartir sus nuevos resultados con la comunidad científica.
Días después hay en circulación una nueva ley de la ciencia, titulada: ‘Con respecto a los doscientos sesenta y cuatro peces en los libros’ (si por casualidad se le ocurre otro título, acaso, menos común, le pido el favor de reemplazarlo por el que he acabado de usar).
Brillante, usted ha sido nombrado como el científico del siglo, uno entre un millón, un ilustrado incomparable. Estatuas se erigen en su honor, grandes bibliotecas y parques que llevaran su nombre se construyen. Décadas después, su largo epitafio rezará ‘Aquí descansa la más versada mente de todos los tiempos pasados, que con fuerza mental casi divina, demostró el primero, con su resplandeciente inducción, el comportamiento lingüístico de los libros y las tazas de café en las tardes, investigo cuidadosamente dos ejemplares, y las propiedades de la palabra ‘pez’ en ellos. Intérprete, sagaz, fiel de la biblioteca y la ciencia, defendió en su teoría la inducción a ultranza, y manifestó en la misma, la sencillez del Evangelio. Dad las gracias mortales, a quién ha existido así, y tan grandemente, como adorno de la raza humana’ (2).
Fin, sí, fin de su vida cómo científico(a).  Al menos por ahora, le agradecería que regresara al papel de lector, para analizar la anterior ejemplificación que le he propuesto.
Cuando usted tomó, o al menos imaginó tomar, el ejemplar de ‘Veinte mil leguas de viaje submarino’, lo que buscaba hacer era lo que Popper llamó ‘tratar de falsar la teoría’, es decir, buscar si su teoría podría o no ser derrocada mediante un experimento empírico. Pero aquí viene el asunto atrayente, y es que, su teoría o postulado inicial de que ‘Todos los libros tienen la palabra ‘pez’ doscientas sesenta y cuatro veces en sus páginas’, no fue coronada de verdad absoluta cuando usted demostró que efectivamente se cumplía para el libro ‘Veinte mil leguas de viaje submarino’, lo que ocurrió, según Popper, es tan sólo, que su postulado no fue falsado en dicha demostración. Por lo tanto, tenemos que una teoría en realidad, nunca logra llegar a la verdad, sino acercarse en mayor o menor medida a ella. No existen teorías verdaderas, existen teorías no falsadas. Así pues, conforme a Popper, con ayuda de experimentos empíricos de múltiples variantes se lograría falsar cualquier teoría.
La verdad, como edén tentador e inaccesible, como Ítaca para un Odiseo a quien los dioses le han borrado cualquier esperanza de retorno, como un sueño fugaz en mitad de la noche, inatrapable a la memoria, inenarrable, nebuloso.
El científico que busca acaparar la verdad, es pues, un pescador en altamar de Macondos, de mariposas amarillas, de espectros y de peces intangibles.
Tal vez, lo único que pueda enfrentarse a lo propuesto por Popper, sean aquellas teorías imposibles de poner a prueba empíricamente, a saber, teorías sobre la gravedad al interior de agujeros negros, teorías sobre la posible existencia de distintas variables antes del big bang (me excuso de antemano, si debido a mi escaso conocimiento de actualidad científica, algunos de los temas que propongo pueden, en realidad, hoy por hoy, ser probados empíricamente). O acaso teorías que por su relativa imposibilidad de comprobación empírica se tornan hoscas a quién desee falsarlas, a modo de rápido y final ejemplo: ‘No hay otro planeta en el universo que albergue formas de vida diversas, a excepción del planeta Tierra’.
¿Es acaso el arte más bello, más nutritivo, más liberador que la ciencia? ¿Es tal vez más benévolo, estético o intrépido dejarse arrastrar por la fuerza del espacio, que tomar una lupa para detallarla? ¿Es quizá más valioso un grito final y resignado, que una resistencia fútil para comprender lo que posiblemente no puede ser comprendido?
Viajaremos por las capas del universo, hasta que el fin postrero nos cubra con la lluvia del olvido.
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Y esperare la muerte
-Amiga Muerte-
Mientras afuera llueve. (3)
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(1)  No tengo la certeza de cuántas veces la palabra ‘pez’ pueda estar en el libro ‘Tres mil leguas de viaje submarino’ (quizá veinticinco, como lo indica un documento de la red), lo que es casi innegable, es que no son exactamente 264 veces.
(2)  Texto extraído casi al pie de la letra del verdadero epitafio de Sir Isaac Newton. Las modificaciones hechas no hacen alusión, ni mucho menos, a algún tipo de burla.
(3)  Palabras finales del libro ‘Mientras llueve’, escrito por Fernando Soto Aparicio.


Referencias bibliográficas y de la web.



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